Aunque lo pueda parecer, no he escrito un libro con ese título ni sobre el tema, aunque me temo que el asunto o su reiteración daría para ello.

Llevo un tiempo encontrándome loas a las grandes ventajas del desarrollo tecnológico, al mismo tiempo que no faltan voces apocalípticas que van en sentido diametralmente opuesto. Pero lo que cada vez me resulta más gráfico, por decirlo de alguna forma, es la falta de rigor que destilan los artículos que me asaltan en ambos sentidos.

Lo más curioso o quizá lo más patológico para un pesimista como yo —un optimista al que le gusta estar bien informado— es que esos artículos no provienen de cualquier influencers  al uso, sino de presuntos sabios y gurús en lo suyo —los títulos, diplomas y puestos ejecutivos son variados; pero siempre de primer nivel en su más estricto sentido de altura—, de eso que hace años llamaríamos personas con presumible auctoritas, y se publican en medios que tendemos a considerar «serios» y a suponer que cumplen con la labor editorial de comprobar lo que publican.

En estos días, en esa labor de documentación que con más o menos fortuna —en mi caso y dada mi falta de pericia novelística, poca— realizamos los escritores que transitamos la llamada novela negra por aquello de anclar nuestras historias en un entorno social, económico y político determinado, me he encontrado con un añoso artículo en la revista Emprendedores que trata sobre estos temas: la división de opiniones sobre lo que allí se denomina tsunami tecnológico. Como he dicho, no es reciente, acumula ya más de siete años, pero eso, en lugar de restar para mi análisis, suma.

Se titula: Apocalípticos e integrados ante el tsunami tecnológico, publicado el 4 de junio de 2018, por Redacción Emprendedores[[1]]

En él, en un análisis asentado en lo dicho u opinado por autores como Umberto Eco, Schumpeter, Ray Kurzwei, Tom Friedman, Steven Pinker, Johan Norberg, Tim O’Reilly y James Bessen —dejo al lector la función de opinar o  averiguar sobre la valía real  de cada uno de ellos—‍, se toma partido por el positivismo tecnológico de los integrados y se concluye: «Si, como dice el dicho, un pesimista no es otra cosa que un optimista bien informado, también puede ser que un optimista  sea  un  pesimista  al que  le ha  dado por comprobar los datos —correctos— a su alcance».

Y esa conclusión —resaltada con negrilla de mi autoría— es la que me ha llevado a mí —‍a un fiel representante del dicho, como ya apunté al principio— a escribir esto.

Lo primero que encuentro es que el artículo afirma que «en los últimos 60 años —desde 1958 si nos ceñimos a la fecha de publicación— el porcentaje de la población mundial que sufre de desnutrición ha caído desde el 50 % hasta el 10 %».

Es cierto que el señalado 10 % se corresponde con las cifras actuales o del año de publicación si nos referimos a personas en situación de hambre crónica, no lo es que la situación en la fecha señalada de mediados o finales de los cincuenta fuera de la mitad de la población mundial. En realidad la FAO, creada en 1945, carece de tales registros y, en cualquier caso, la estimación para la fecha de su creación es de alrededor de ese porcentaje de población mundial con carencia de una dieta suficiente y equilibrada, lo que dista bastante de una situación de hambre crónica. Para ponerlo en contexto, en la actualidad, más de 3.000 millones (según la FAO) estarían en esa situación de dieta insuficiente, lo que representa más de 30 % de los 8.000 millones de la población total. Todo ello sin tener en cuenta que el 50 % del que habló la FAO en la fecha de su creación se produce justo a la conclusión de la II Guerra Mundial, con lo que ello implicó.

Como muy bien me señaló una amiga cuando leyó estas líneas: «este tipo de confusión no es un matiz: es un atajo que cambia la narrativa».

Un atajo que no para de transitarse, pues, como continuación y apoyo a los beneficios tecnológicos, nos encontramos con que se nos dice que «la población mundial que subsistía con el equivalente a un dólar diario se ha reducido de más del 50 ‍% a menos del 10 % de la población» (sic) —incluida la errónea utilización de la preposición «de» en lugar de «desde» que me lleva a colocar la expresión latina de que la cita es literal—.

Aquí la tergiversación de los datos es cuando menos pintoresca. Un dólar del año 1945, que es cuando hay fuentes que especulan con ese porcentaje del 50 % de pobreza, sería en 2017 el equivalente a unos 14 dólares. Hoy es cierto que aproximadamente el 8,5 % de la población mundial vive con menos de 2,15 dólares al día —pobreza extrema—, pero no lo es menos que cerca del 45 % vive con menos de 5,50 dólares al día. Es decir, ¿qué porcentaje vivirá por debajo de los más de 15 dólares diarios a los que equivale en 2025 ese dólar mentado?

Que personajes como Kofi Annan, el entonces secretario general de Naciones Unidas, afirmará en 2002 que «La comunidad internacional […] tolera que casi 3 000 millones de personas —‍prácticamente la mitad de toda la humanidad— subsistan con 2 dólares diarios o menos en un mundo de riqueza sin precedente» no parece ir en la línea de dar por concluyentes estos presuntos datos fiables del artículo y menos para achacar las mejorías al desarrollo tecnológico.

Por último, pero no menos curiosa, es la supuesta estadística a la que se recurre para ensalzar los beneficios del progreso, esa que afirma que el aumento de cajeros automáticos en los bancos no solo no ha disminuido el número de empleados bancarios a tiempo completo, sino que los hizo aumentar entre 1998 y 2004, años que curiosamente tampoco son los que da de referencia el artículo —que habla de aumento desde el año 2000—, sino los que aporta James Bessen, el autor utilizado como fuente. Además, dichos datos están referidos al mercado norteamericano, algo que tampoco especifica el artículo a pesar de lo concreto y particular que es dicho mercado.

Obviando la falta de registros oficiales que confirmen esos datos en EEUU y que carezco de criterio e información contrastada para saber qué significa allí «empleado a tiempo completo»,  lo cierto es que, si nos venimos al caso de España —no ajena a los crecimientos tecnológicos y lugar donde se publica el artículo y sociedad a la que se dirige—, las cifras son las que daré a continuación, según hablemos de la totalidad del sector bancarios —bancos, cajas de ahorro y cajas rurales o cooperativas de crédito— o solo nos refiramos a los bancos. La puntualización es pertinente, pues ni las condiciones laborales en España ni las retribuciones económicas ni la legislación que regulaba y regula la actividad bancaria ha sido homogénea o la misma para los mentados tres sectores del negocio bancario.

Las fuentes públicas de las cifras que doy son, para los datos globales, la sección de servicios del sindicato CCOO (Comisiones Obreras), y la AEB (Asociación Española de Banca) para las referidas en exclusiva a los bancos.

El empleo total del sector a finales de año 2000 era de 240.345 personas, a finales de 2018, de 173.447 personas. De ellos trabajaban en bancos propiamente dichos 122.861 en el 2000 y 94.792 en 2018.

Parece que las cifras hablan por sí mismas.

No caeré en el mismo error que el articulista —bien o mal intencionado, o simplemente ignaro— de atribuir la clara disminución del empleo al evidente aumento de la presencia o evolución de las tecnologías; existieron y existen otros muchos factores y cambios en el sector y en la propia economía española y mundial que, en términos estadísticos, correlacionan con mucha mayor significación con la disminución clara de empleados en el sector que lo que pueda atribuirse al aumento o no de los cajeros automáticos.

Ni siquiera utilizaré el recurso fácil de achacar el desempleo a los algoritmos que colonizaron en esas fechas la banca y el propio Wall Street y, de rebote, llenaron el sistema de bonos basura, especulaciones masivas y, como resultado, desembocaron en la crisis financiera que más de uno conocimos y padecimos en primera persona.

Tampoco diré —por igual motivo— que el hambre en el mundo está en clara correlación con los avances en la tecnología, o que la pobreza sigue por los mismos cauces. Explotación, esclavitud encubierta, sistemas políticos o situaciones geopolíticas y otras muchas variables sociales intervienen e influyen —o lo han hecho con claridad en los años mencionados por la presunta ciencia tras el artículo— en esos cambios tanto o más que el «positivismo desarrollista».

No obstante, regresando al principio, no trato ni he tratado aquí de discutir las virtudes o pecados del tsunami tecnológico, sino de cuestionar o denunciar la ignorancia o directa falta de ética —no sé cuál es más peligrosa— de los que dan opinión disfrazada de datos, fantasías vestidas de hechos y, además, como aquí, concluyen en extender su condescendiente manto de crítica tratando de ignorantes a los que no comparten sus «incuestionables hechos». Supongo que se entiende la ironía.

Como he dicho, regreso al principio, al artículo, a su conclusión:

«Seamos optimistas. Y si los avances tecnológicos nos descolocan, si la incertidumbre, el miedo y la preocupación nos llevan a un vacío existencial en el que las respuestas fáciles a problemas complejos y las soluciones mágicas encuentran buen arraigo, no cedamos, no volvamos a las caenas e intentemos entender en qué medida el progreso nos beneficia.

»Si, como dice el dicho, un pesimista no es otra cosa que un optimista bien informado, también puede ser que un optimista sea un pesimista al que le ha dado por comprobar los datoscorrectos– a su alcance».

Las negrillas son mías, el optimista bien informado que se atreve a decir que respuestas fáciles y soluciones mágicas —y falsas— son las arraigadas en ese artículo. Y que sí, que es muy cierto que el famoso y triste eslogan con el que los madrileños recibieron el regreso de Fernando VII no debe volver.

Y justo por ello, porque no hay cadenas más evidentes que ese absolutismo que, lleno de falsedades o medias verdades —las peores mentiras— nos reclama devoción tecnológica, este optimista ilustrado —seguidor de la Ilustración, sin más— reclama el grito de esa Ilustración que despreciamos en España: «atrévete a pensar», y eso es atrévete a usar tu propio cerebro y busca el saber. Y también digo que, si artículos como el analizado son ejemplos de «comprobación de datos correctos» el problema del mundo no es, en mi opinión —subrayo lo de mi opinión—, la tecnología; nunca lo ha sido. El problema es el tsunami de desvergüenza que, como tal ola gigantesca, parece asolar el mundo ante la complacencia de los rebaños de corderos y ovejas que, irremisiblemente, terminaremos ahogados.


[1] https://emprendedores.es/gestion/apocalipticos-integrados-tecnologia/


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