Hola a todos, sed bienvenidos a esta primera locura…
Y ya que estamos, empecemos con el inicio de una de esas novelas que uno se propone escribir, empieza… y quizá algún día concluya.

Todos mienten, todos lo hacemos
Capítulo 1
Martes, 13 de Julio de 1976
Aquel martes la zona de recogida de equipajes del aeropuerto del Prat lucía su acostumbrada confusión: un ir y venir de personas, maletas y atribulados pasajeros que perseguían sus pertenencias con la siempre presente duda de si llegarían.
Yo llevaba allí un buen rato sin tener claro ni dónde ir ni cómo encontrar aquel equipaje proveniente del aeropuerto de Roma que no me pertenecía. La verdad, tampoco era un equipaje.
―Pues aquí lo tienes ―dijo uno de aquellos empleados acostumbrados a verme por el aeropuerto a recoger paquetes de toda clase y a ser beneficiario de mi agradecimiento.
Le di las gracias y, por un momento, dudé de si había sido buena idea dejarme enredar en aquello. Luego, me encogí de hombros, y me dispuse a ir a buscar a los empleados de pompas funebres encargados de transportar desde allí el alargado ataúd metálico que, con el imprescindible cadáver en su interior, yacía en el suelo rodeado de montones de cajas apiladas de distintos tamaños, bicicletas y otros artefactos desconocimos para mí y una multitud de embalajes repartidos con un enigmático orden.
Su ya viuda amante, la judía, como jamás dejaría de ser para todos los que la conocían en Barcelona, había llegado horas antes repitiendo el mantra de que Manuel Brabo Montero no había sido envenenado, como ya era leyenda, y que ella tenía que ir al Pardo a reclamar lo suyo, lo que era su herencia por derecho.
Mi amigo, el responsable de que yo estuviera allí recibiendo aquel morboso presente, se había encargado de conducirla a su casa, a sufrir abnegado su presencia e intentar convencerla de su error: aunque ella hubiese ordenado la autopsia y se pasease con un certificado médico que afirmaba que la cosa había sido un infarto repentino, y fuera cual fuese la verdadera causa de esa defunción acaecida en Famagusta, las historias que el expolicía llevaba años contándole eran pura patraña, una colección de cuentos con menos certezas que el futuro de aquella isla que se disputaban desde hacía siglos greco y turcochipriotas.
Lo que yo no sabía es que la sombra de aquel cadáver o, mejor dicho, la de la verdadera historia escondida bajo el eco de su pomposa voz grabada en una cinta magnetofónica me alcanzaría cerca de cincuenta años después.
«Es decir, que siempre que bajo cualquier régimen ha habido un momento de desorden público, un momento de apuro para el mantenimiento de la ley y la protección de las personas y propiedades, ha sido mandado como persona de confianza Manuel Brabo Montero, el cual se limitaba a investigar, interrogar, detener, acumular pruebas y entregar los detenidos a las justicias militares o civiles, las cuales eran las que imponían la ley y el código».

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