Soy amante de la pereza, pero, por desgracia, no siempre se puede andar con la manos en la almeja.
Ya sabéis que rindo culto a la pereza y a otros vicios que ese mismo culto me impide practicar con más frecuencia.
En fin, a estas alturas de mi película, uno ya está curado de espantos, de críticas rimbombantes ―que se ofrecen previo pago―, y de esa entrañable costumbre nacional que consiste en darte una palmadita en la espalda, otorgarte un premio literario y dejar que te mueras de asco en la barra de un bar, porque el ego, por desgracia, todavía no cotiza en el supermercado ni en la farmacia.
Hace un tiempo ―puede que demasiado― publiqué Perdonen el atrevimiento: Con las manos en la almeja, cocina para vagas. Unas ficticias memorias noveladas donde se mezcla la historia de España desde finales de los cincuenta hasta finales de los noventa del pasado siglo, la cocina y un erotismo hedonista, libre y sin la asfixiante culpa judeocristiana y, en especial, ajeno al cinismo y las buenas costumbres de la época o de todas las épocas. Todo muy humano. Demasiado humano, quizás.
El caso es que como los gurús del marketing moderno ―esos seres que visten con americana y zapatillas blancas― no paran de repetir que, si tu libro no está en formato audiolibro, no existes. Que a los humanos del siglo XXI nos afecta la ceguera o, más bien, la falta de educación. El caso es que ahora, dicen, la literatura se consume de oído mientras corren en una cinta o limpian el polvo.
Como uno es vago por convicción filosófica y los presupuestos para contratar a un actor de doblaje profesional con voz de terciopelo se me escapaban del bolsillo, decidí hacer un pacto con el diablo tecnológico: le entregué mis textos a una Inteligencia Artificial gratuita de Microsoft Edge siguiendo el sabio consejo de otra de Google.
El resultado, queridos feligreses, es una obra maestra del surrealismo dantesco.

La lujuria según un radiador de Microsoft
Imaginaos la escena. Capítulo doce. Mi protagonista, Rosa, se reencuentra con doña Adela, su «señora» y su primera mentora en la cocina y en el sexo. Han pasado veinte años y en el encuentro hay luto, tensión acumulada y una entrega al placer carnal en la cocina que llega precedido de un rito litúrgico: un tajo limpio en la ropa interior con el cuchillo cebollero. Un pasaje que en su día escribí tembloroso y cuidando cada adjetivo.
Pues bien, sintonizad el audiolibro en Storytel o Everand ―o, más barato, deja aquí un comentario y os lo envió allá dónde me indiquéis―. Pulsad el play. Lo que vais a escuchar no es la voz de una mujer madura rememorando el fuego de su juventud; es un androide ortopédico leyendo una escena de alta tensión sexual con la misma pasión, el mismo ritmo y la misma temperatura con la que un contestador automático te informa de que todos los operadores están ocupados en ese momento.
Escuchar a una IA narrar un orgasmo entre sartenes es lo más parecido a oír al director del banco comunicándote que el sistema informático acaba de denegarte tu préstamo: plano, mecánico y castrante. O que te produce ganas de castrarle a él y al presidente de su puñetera entidad ―lo sé, casi todas son directoras y hay hasta alguna presidenta, pero para el tema de la castración necesitaba machos porque lo de quitarle los ovarios a una mujer no me parece lo mismo ni tan sencillo como una buena cuchillada en las gónadas de uno de mis semejantes―.
La máquina procesa la palabra «almeja» y, al carecer de entrepierna, memoria o paladar, la suelta con la frialdad de quien inventaría tornillos en una fábrica de Michigan. Los algoritmos entienden de sintaxis, de optimización y de datos, pero son absolutamente incapaces de oler la bechamel o de entender por qué un cuerpo tiembla al contacto con otro.
Mi solemne fracaso como proxeneta digital
He prostituido mi obra entregándosela a los robots y he fracasado estrepitosamente. Y saben qué: me alegro.
Me alegro ―o me consuelo― porque este desastre técnico me es útil como prueba irrefutable de que las máquinas todavía ―recalco el todavía― no nos han ganado la partida. Sirven para redactar correos corporativos infumables, para rellenar hojas de cálculo y para que los buscadores puritanos me censuren el título del libro porque confunden el marisco con la pornografía. Pero para la literatura de verdad, la que huele a sudor, a ajo frito y a sábanas revueltas, aún son analfabetos emocionales.
Así que os propongo un experimento sociológico y humorístico:
- Si queréis reíros un rato de la decadencia de la tecnología moderna, lo que os dije antes: dejad un comentario y os envío el audiolibro gratis, por el morro, por la cara. Escuchar la voz sintética intentando mantener la compostura mientras Rosa se desata en la cocina es un ejercicio de comedia involuntaria maravilloso.
- Si lo que buscan es la lujuria real, el cinismo bien empaquetado y las recetas a las que una presunta vaga entregó toda su vida ―sí, a eso y al sexo; otro motivo para que yo la envidie― hacerme el favor de usar vuestros órganos humanos. Para ello podéis comprar el libro en papel en Amazon o, de nuevo gratis, dejadme un comentario ―me llega con un simple «lo quiero» seguido del formato que más os guste: PDF o epub―. Yo y otros autores que mantenemos una lucha desigual contra el sistema que rodea hoy al libro ―incluidas las IA y los algoritmos que manipulan las redes―, os agradeceremos cada palabra que os inspire el libro, cada vez que de vuestra boca o pluma salga un comentario hacia quién tengáis cerca. Da igual si es favorable a lo escrito o no lo es, solo es importante que sea sincero y razonado. Las máquinas no tienen memoria para ciertas cosas, pero nosotros guardamos cada caricia.
Perdonen el atrevimiento, pero antes de que los robots nos prohíban también el marisco, yo prefiero seguir cocinando con las manos en la almeja. En esa en la que todos estáis pensando, o donde haga falta.

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