Lo que creemos que sabemos.

Hoy recupero la presencia por aquí, no diré que con menos lascivia (solo de pensamiento, tú bien lo sabes, preciosa. Más ahora que tu imagen cada día se nubla más; por tu propia lejanía y por mi avance hacia el ocaso), pero espero que la vuelta sea con menos pereza o con esa entrega al trabajo que acaparamos los perezosos.

El caos es que para iniciar esta nueva serie de divagaciones sobre la escritura intentaré que comprendas que es muy probable que este no sea tu sitio y que aún más probable es que tampoco sea el mío… y día a día (es un decir, no te rías, cariño. Bien me conoces y sabes que no es más que una forma de hablar, que a lo único que me entregaría día a día es a tu cuerpo) voy a forzarte a poner en duda aquello que creías saber sobre la escritura y sus fundamentos… hasta el motivo por el que escribes o quieres hacerlo.

Si ahora lees esto es porque piensas que tienes algo que decir, que todos llevamos una historia dentro que merece ser contada, leída, escuchada e incluso vista por el resto de la humanidad… Además, aspiras a que esa humanidad sea lo más numerosa posible… Quién te convenciera de eso te engañó, incluso si te convenciste tú mismo (como yo me convencí, mi amada, de que te tendría siempre, que jamás dejaría de rozar tu piel).

Vale, imagino que a estas alturas estarás diciendo que soy un cretino y es probable que ardas de deseo de chillarme que tú escribes para ti, por satisfacción personal, por el placer de hacerlo, como terapia, por amor a la literatura, para ayudar a los demás contando tu original experiencia… o por cualquier otro motivo más elevado, altruista, noble… Pues perfecto, y en algo te daré la razón: yo soy un cretino. Uno que habla, escribe o actúa para satisfacer su ego. Hoy pocas cosas satisfacen tanto el ego como el éxito (las hay, pero no me voy a confesar con ellos; esos placeres son nuestros y su recuerdo lo guardo solo para mí), y nada representa más el éxito que el número de individuos que nos siguen en el WhatsApp, en Facebook, en Instagram, en YouTube o en lo que carajo sea. Aunque quizá haya algo más: salir en la televisión y, como estamos entre gente culta ―supongo que se entiende la ironía―, estampar una dedicatoria en un ejemplar de tu libro en una librería. Eso sí, como te pasa a ti, yo tampoco persigo ganar dinero con mis novelas o escritos, que eso es algo muy grosero y se lo dejo a gente como Stephen King, Ken Follett, la señora J. K. Rowling o, para acercarnos a los nuestros, a mis envidiados Arturo Pérez Reverte, Javier Sierra o Isabel Allende ―Isabelita la llamaba un viejo amigo con cierto tono de superioridad cultural, que en verdad tenía. Claro que también llamaba Varguitas a quien supongo que solo con ese nombre imaginarás y que aún no era todo un Nóbel―. Y aquí creo que no tengo que volver a nombrar la ironía.

Bueno, si todavía sigues por aquí, volvamos al principio.

Para escribir, nuestra herramienta fundamental es el lenguaje, las palabras, el léxico, el vocabulario, algo que seguro tú dominas, que sabes utilizar con precisión… Pues no, por mucho que hayas estudiado, leído ‍―y no me refiero a navegar por internet ni a echarle un ojo al blog del amiguete y darle al «me gusta», sino a leer de verdad―, no lo haces, ninguno dominamos esa herramienta en la forma adecuada, así que lo primero que debes tener cerca cuando escribas es un diccionario o varios (ya, también les convendría a muchos leer sobre sexo, mi amor; y eso que lo tuyo es un milagro, una delicia, un regalo para quien te ve gozar con esa facilidad tan tuya por torpe que uno sea). Ahora eso es sencillo, basta con colocar uno en la barra de favoritos del navegador y, claro, consultarlos.

Y como creo que por hoy es suficiente ―entiéndase, por este capítulo y hazlo así cada vez que yo me refiera a ese presente de forma tácita―, te propongo un ejercicio (no te rías, preciosa, que seguro tú gozas más que yo con el ejercicio en el que ambos estamos pensando) sencillo para que compruebes por ti mismo la relatividad de los conocimientos que tienes sobre el significado de las palabras: escribe la definición más completa y exacta posible de los vocablos que te nombraré a continuación, y luego coteja tus definiciones con el diccionario de la RAE.

  • Confrontación
  • Detentar
  • Relanzar
  • Vergonzante
  • Masivo
  • Severo

Mañana ―de nuevo es un decir― hablaremos del resultado, si es que vuelves por aquí y no haces lo que aquel personaje, detective él y gran amante de la comida, que no gourmet ―ahora el barbarismo cambia de país y es «viejuno»―, que alimentaba su chimenea con los libros de su bien poblada biblioteca. Hablo de Pepe Carvalho, el magistral alter ego de Manuel Vázquez Montalbán. Y si no sabes quién es ni el uno ni el otro quizás sea un buen momento para que cierres la tapa del ordenador o cambies definitivamente de página, aunque yo te agradezca que la que abras sea la de mi web, la que está en mi bio, y compres cualquier libro de los que veas allí, a mi edad, no aspiro a comprarme un Castillo en Suiza, pero las pensiones están jodidas o lo están y van a estarlo más. Bueno, mejor no hablamos de política.

Si lo haces ―volver, me refiero, que supongo que ya tienes bastante claro que esto son unas divagaciones y lo de poner títulos se me da bien―, seguro que ya habrás empezado a adivinar lo equivocado que estabas y el mucho y duro trabajo que te queda por delante para, al final de todo, no llegar a ningún sitio… o puede que sí, que tal vez, con o sin seudónimo femenino; trabajando o no en Atresmedia, seas el próximo premio Planeta.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *