
Hoy os dejo este relato, el último que ha sido premiado en esos concursos a los que los escritores nos presentamos a la búsqueda de la gloria. Que esa gloria sea esquiva y, en no pocas ocasiones, inmerecida o tramposa no suele hacer que escarmentemos o, al menos, nos miremos con escepticismo.
Allá vamos.
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—Pon las manos sobre la nuca.
No puedo reprocharle sus palabras, yo hubiera dicho lo mismo, pero lo que me pide es imposible, ni a una de esas necias inteligencias artificiales que dicen acabarán por sustituirnos a todos se le hubiera ocurrido… bueno, quizá a la IA no, pero al capullo que la fabrica en beneficio propio y a mayor imbecilidad de la humanidad a la que gobierna sí. Es igual, el asunto es ese, lo que me pide es un imposible: mi brazo derecho está roto, él mismo me lo ha partido y soy incapaz de levantarlo.
—Te he dicho que pongas las manos sobre la nuca —insiste cada vez más nervioso. Lo siguiente será dispararme, lo sé.
Le falta oficio, cada día son más jóvenes, apenas saben nada. Pase lo que pase sé que disparará; quizá un poco más tarde, quizá me liquide al tiempo que lo hace con María o puede que sea tan inútil que necesite esperar instrucciones. Me parece una forma estúpida de morir, pero que te maten siempre lo es.
Es una pena, tengo cuarenta y cinco años y jamás había disfrutado tanto de la vida como desde que la conocí a ella, y más desde que nació mi hija. Tal vez fue eso: ser padre me reblandeció el cerebro, es la única explicación para que me haya dejado localizar y, aún peor, para que no haya descubierto que lo habían hecho. Tampoco es excusa que mi mujer sea trece años más joven que yo y de una belleza increíble, ni siquiera que sea una amante estupenda y esté loca por mí; era lo mínimo que debía ser para hacerle perder la cabeza a un tipo como yo. Lo que más siento es que también acabarán con ella; nadie deja testigos si puede evitarlo. Me pregunto quién cuidará de nuestra pequeña.
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Han tardado; hace cinco años de aquello y sabía que no me lo perdonarían. Me fui hastiado, cansado de pertenecer a una banda de cretinos, harto de seguir siempre igual, fingiéndome agarrado a las viejas excusas como un náufrago a una tabla. Y, sobre todo, me marché porque no estaba dispuesto a pudrirme en la cárcel mientras mi hija crecía sin padre y aquel bombón de hembra, que en el momento en que decidí que se acabó me miraba llorosa desde el otro lado del cristal, terminara olvidándome en los brazos de otro. Y todo porque a ellos les pareciese bien así; lo más conveniente para la causa. Hace mucho que la única causa es seguir existiendo, así fue siempre; somos profesionales, el resto son monsergas. No, no lo iba a consentir, así que utilice la inteligencia. Después de todo, contra mí apenas tenían nada y fue suficiente con llegar a un buen acuerdo para seguir en Francia, para regresar a la calle, junto a mi familia.
—Es que no me oyes —me grita sin que sea una pregunta.
La niebla del miedo enturbia su mirada. Imagino que esto es muy diferente de lo que esperaba, que lleva años escuchando que me había convertido en un viejo temeroso, que estaba acabado. Eso me hace sentir más estúpido, me recuerda que debí tener más cuidado; pero es fácil pensar así cuando tienes una Browning de nueve milímetros apuntándote directamente a la cabeza, más si es tuya y te la has dejado arrebatar. Me sorprendió mientras estaba en la cama, con María. Cometió el error de interponerse entre la luz y nosotros para disparar. La sombra me alertó con el tiempo justo de soltar un puntapié y hacer saltar la pistola de su mano. El tipo es fuerte, una mala bestia de gimnasio. Nos enzarzamos en una pelea desigual, yo intentaba llegar hasta la pistola que guardaba en la mesilla de noche ―la misma que ahora me apunta―, él trataba de derribarme lanzando un golpe tras otro. María agarró una lámpara de pie e intentó abrirle el cráneo, pero lo único que consiguió fue que él le diese una patada en la sien que la dejó tumbada sin sentido.
Afuera hace calor, el sol macera el mármol de la terraza, pero el grueso cristal de la puerta impide que su fuego llegue hasta aquí junto con el murmullo de las olas en la playa y el griterío de los niños en el jardín. Solo oigo la fatigosa respiración del sicario mezclada con el ronroneo del aire acondicionado.
Desde mi posición veo la piscina, busco a mi hija, está saltando, salpicando agua rodeada de otros niños. Imagino que juegan entre chillidos mientras que madres y niñeras se queman en las tumbonas. Me alegro de que la niña no esté aquí; ahí fuera es como si no pasara nada, una mañana más en el paraíso en que la vida transcurre ajena, como una actriz mal dotada para el dramatismo.
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La Browning se agita frente a mí. Si aprieta el gatillo mis sesos se esparcirán por el entarimado. El tipo tiembla, descompuesto, peligroso. Me sorprende que para los otros el crimen sea tan complicado. A mí nunca me importó lo que hacía, era como ir a la oficina; además, exigía menos tiempo y la remuneración era mejor. Lo demás me importaba una mierda, no necesitaba justificaciones. Sé que los que conocían lo que hacía me tacharon de despiadado, de frío, de sanguinario; fueron los mismos que más tarde me dieron fama de cobarde, de traidor; y tal vez todo fuera cierto, pero no sirvo para dejarme llevar, para estar ciego o preferirlo y permitir que me manejen. Eran unos estúpidos; pero, cretinos o no, si intentaba abandonarlos o me oponía a ellos y seguía allí, a la vista de todos, estaba muerto. Es una simple cuestión de número; son muchos. Así que traicioné y hui. Tuve que elegir y la elección era sencilla.
Me parece que mi mujer está volviendo en sí, la noto agitarse junto a mi pierna izquierda. Busco con la mirada la otra pistola, la HK USP con silenciador que le arranqué al tipo de la mano con el primer golpe, y veo asomar el cañón por detrás de los hombros de María. Intento moverme hacia allí. Para distraerle a él, saco de debajo del cuerpo el brazo que aún tengo sano y pongo cara de dolor. No es un gran esfuerzo, la fractura empieza a enfriarse y siento una punzada terrible donde en un tiempo debió de estar mi codo.
—La otra también —me escupe cuando logro que mi mano izquierda toque la nuca.
Tuerzo aún más el gesto y parece entender; se incorpora sin dejar de apuntarme y me empuja el brazo inerte con el pie. El dolor me hace soltar un aullido que tengo la impresión resuena en toda la isla, aunque posiblemente he logrado contenerme y apenas haya llegado fuera de mi garganta. A cambio recibo una patada en la cara que me deja escupiendo sangre. Estos chicos de ahora confunden el músculo con el cerebro, no conocen la diferencia entre cargarse a un tipo de un tiro en la nuca, con limpieza, y prenderle fuego a un autobús con el conductor dentro. Ahora no sé qué me duele más: la cara o el brazo. Parece que le ha cogido el gusto, me vuelve a sacudir, esta vez en el estómago.
Cuando comenzamos a vivir en pareja, mi mujer no sabía a qué me dedicaba. Para mis vecinos era un hombre de negocios, un alto ejecutivo que viajaba mucho y ganaba aún más, a juzgar por cómo vivía y por la colección de joyas que mi mujer lucia de vez en cuando, bonitas creaciones en las que un joyero de mi confianza montaba alguna de las gemas preciosas de todo origen que había adquirido.
Realmente mi trabajo en aquel supuesto conglomerado financiero consistía en ejecutar, así que mis adorables vecinos no estaban muy equivocados. María no es tonta, así que apenas me conoció percibió algo raro, turbio; aunque debió de creer que era un asunto de blanqueo, algo relacionado con las drogas. Otra cosa que entendió rápido fue que lo mejor era no hacer preguntas. Una costumbre que adoptó junto con asumir que, si alguna vez me las hacía o una conversación tomaba el rumbo equivocado, yo contestara con evasivas o silencios.
La mejor forma de mentir es esa: guardar silencio, los demás suelen creer que han acertado y fabrican su propia versión; eso lo aprendí hace tiempo. Así que cuando me detuvieron —un imbécil llevaba mi dirección almacenada en el disco duro de su ordenador portátil— ella se quedó de piedra al oír mi nombre en los noticiarios; por suerte, lo que contaron de mí apenas me hacía justicia. A pesar de ello, la primera vez que me visitó en la cárcel casi no podía contener las lágrimas. Llevábamos dos años juntos y habíamos decidido tener un hijo. Inmediatamente recibió la visita de otros familiares de presos; intentaban que se integrase en la asociación y que utilizáramos sus abogados. No necesité persuadirla de que se mantuviera al margen, a María no le gustaba aquella gente que se mostraba tan segura de dónde se hallaba la verdad y tan lejos de nuestra forma de vida. No era una de ellos, había nacido en Almería, era muy joven y no entendía una palabra de aquella retórica; así que los otros cambiaron interés por desconfianza. En la segunda visita, entre sollozos, me dijo que estaba embarazada y que tenía miedo. Le pedí que aguantara, la convencí de que tenía un plan y de que, si me salía bien, podríamos empezar una nueva vida, lejos y mucho mejor.
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—Levántate, hijo de puta. Un ruido, un solo movimiento en falso y será lo último que hagas —finge seguridad, pero le desmienten sus ojos y el sudor que empapa su camisa.
En la boca tengo un sabor ferruginoso, el de mi sangre, y la sensación de despertar de un sueño; pero en la habitación todo parece igual, salvo que ahora lo veo con un solo ojo, el otro no puedo abrirlo. Puede que haya perdido el conocimiento por un instante.
De no ser por este animal, estaríamos a punto de zarpar en nuestro nuevo catamarán para ir cogiéndole el pulso; es tan nuevo que aún espera que lo bauticemos. Imagino el mar en calma, la brisa persistente y el barco con las velas desplegadas al viento deslizándose sobre aquel azul con mi familia riendo a bordo, y eso une un cabreo sordo a mi dolor.
Hasta hoy, creía haber sido precavido. Desde antes de ir a parar a la cárcel tenía dos sociedades domiciliadas en Tórtola que eran titulares de suculentas cuentas en dólares y varias propiedades repartidas por todo el Caribe. En un banco suizo de Guernesey dormían las cuentas de otras dos sociedades residenciadas en Gibraltar y que escondían buena parte de las reservas económicas de la organización. Yo manejaba esas cuentas como desde hacía años manejaba todas las finanzas. La extorsión, el secuestro y el robo son negocios rentables, solo hay que saber gestionarlos y, realmente, el resto del aparato era casi autosuficiente, bastaba con lo que proporcionaba la red de empresas y otras actividades legales que diseñé o convertí en mucho más eficaces. Fuera de la organización yo era un desconocido, incluso dentro casi nadie sabía mi verdadera posición. Mientras mi trabajo consistió en administrar la muerte, nunca quise compañeros ni vivir cerca de ellos ni integrarme en ningún comando. Era un cazador solitario, tan eficiente que a los que mandaban no les importó aguantar mis excentricidades. Cuando corrió el escalafón porque fueron cayendo uno tras otro, mi única condición para asumir otras responsabilidades fue seguir igual, en la oscuridad. No fue difícil; no me pierde aparentar. Me quedé ajeno a las negociaciones y a figurar dentro del aparato interno. Reuniones, consignas, pastorales, en nada quise que apareciera mi nombre ni ningún alias que al final termina por averiguarse. Cuando me tocó caer a mí, antes de que todos me considerasen un traidor, los aligeré de casi todo el dinero. Luego los vendí a la policía a cambio de mi libertad y de una nueva identidad, para mi familia y para mí. El juez estuvo encantado, me creía un actor secundario que podía darle información de primera. Le di lo que esperaba y su señoría consiguió compartir titulares con el señor ministro en la portada de los diarios. La nueva identidad la usé como tapadera, para dejar un rastro falso y matar a un par de compañeros antes de que les echara el guante la policía; vivos eran peligrosos y con su muerte se borraban mis huellas. Después, desaparecí con mi familia. En Virgin Gorda no se vive mal.
—He dicho que te levantes —ladra de nuevo.
Estoy cansado de recibir órdenes absurdas que sé de sobra que no podré cumplir. A punto estoy de escupírselo a la cara o de abalanzarme contra él para que termine de una maldita vez. Pero miro por el ventanal y, aunque ahora no la veo, recuerdo a mi hija saltando, ajena a todo, salpicando de agua a sus amigos ante la mirada atenta de su niñera y me digo que la vida hay que apurarla hasta el final, como un buen trago. Intento obedecer y me falla todo: las piernas; la cabeza, que parece a punto de estallarme, y el equilibrio. Me voy de bruces contra el suelo con el brazo derecho oscilando cómicamente y la mano izquierda acariciándome la nuca.
Mientras espero a que me de otro golpe, pienso en las palmeras meciéndose con la brisa, imagino que el fuego que me abrasa los labios es el del sol de mediodía sobre la arena nívea de la playa, recuerdo el cuerpo sudoroso de María cabalgando hace unos minutos sobre mí y el tacto suave del pelo de mi pequeña, y me digo que ha valido la pena, que en la vida, si quieres algo, debes estar dispuesto a pagar el precio, y yo volvería a hacerlo repitiendo cada uno de mis actos; desde que salí del caserío para estudiar mecánica hasta que terminé ingeniero técnico en Bilbao; desde que empuñé la Browning por primera vez para disparar contra una sandía hasta que hace cinco años le metí con ella un solo tiro en la nuca a Xabi. Él había sido mi único amigo. Dentro y fuera de la organización se le reconocía como la cabeza visible de la dirección y para todos era Ausartak, porque su frase favorita era que el porvenir es de los valientes. Murió equivocado: el porvenir es de los más listos.
—Vamos, gilipollas —me insulta de nuevo, cada vez más envalentonado.
Llega la patada que esperaba, en el pecho. Noto cómo se hunde una costilla y cómo mi respiración se vuelve mucho más trabajosa. Percibo su ebriedad, los síntomas de la borrachera de adrenalina. Comienza a creer en su indiscutible victoria y, aunque aún no esté dispuesto a admitirlo, yo también la veo llegar. Cada vez más dolorido, me maldigo por mi torpeza, por haberme dejado cazar, por haberle permitido aplastarme la muñeca dentro del cajón e inmovilizarme allí el brazo hasta partírmelo por el codo de un empujón. La pistola tenía que haber estado al alcance de mi mano, lista para disparar; pero hace meses que no me gusta que mi hija ande cerca de las armas, menos si están cargadas, y procuro tenerla guardada, fuera de la vista, con el seguro puesto y sin ningún proyectil en la recamara. Y ya hace años que no escondo un cuchillo bajo la almohada.
Le he cogido el gusto a la vida y en este oficio eso es peligroso. Antes andaba más espabilado. Aún recuerdo las torpes explicaciones que el ministro dio en televisión para justificar que me hubieran dejado marchar. Al juez no le quedó más remedio que dimitir cuando la investigación y las declaraciones de mis viejos compañeros confirmaron a las claras que yo era un bocado mucho más suculento que lo que habían imaginado. Pero para entonces mi familia y yo estábamos cómodamente instalados en esta isla, como uno más de los millonarios que tienen sus villas repartidas por el archipiélago; y aquí a los ricos no se les hacen preguntas.
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—Está bien, acabemos con esto ahora mismo, no cargaré con los dos —habla otra vez, como si hubiera recordado de repente que en la habitación también está mi mujer.
Busca a María con la mirada, pero lo que encuentra es una bala de nueve milímetros parabelum que apenas emite un silbido antes de incrustarse en su pecho y derribarlo con el terror de la muerte pintado en las retinas. Me vuelvo y, por mi único ojo abierto, observó a mi mujer de rodillas, la HK sujeta con las dos manos y una mirada de fría determinación que sus ojos negros desconocían hasta entonces. Me arrastro hasta mi frustrado asesino, su respiración se ha vuelto estertórea.
—¿Hay alguien más contigo? —le pregunto.
Apenas es capaz de mover negativamente la cabeza al tiempo que farfulla:
—Por favor, ayúdame.
Le creo, el miedo no le deja mentir. María se ha levantado, por primera vez me doy cuenta de que los dos estamos desnudos. La observó incorporarse, está esplendida, hubiera sido una pena perderla para siempre. Cuando llega a mi lado, cojo la pistola que cuelga de su mano derecha, arrimo el cañón a la boca del tipo y aprieto el gatillo. Es la única ayuda que puedo darle. Con la rutina de años, registro sus bolsillos. En la cartera, junto con una documentación que imagino falsa y dos mil dólares en billetes de cien, encuentro un recorte de prensa con una foto. En ella, tras un hombre negro que reparte propaganda electoral, se me ve junto a Elsa, nuestra pequeña, mientras los dos soplamos las velas de la tarta de su último cumpleaños en la terraza del bar de Soper’s Hole, con los veleros al fondo, amarrados al malecón, congelados en mitad de su placido balanceo.
—María —llamo, aunque está a mi lado.
—Sí, amor —contesta como si no ocurriera nada.
—Coge la pistola y echa un vistazo ahí fuera; con cuidado, es mejor asegurarse. Creo que tendremos que irnos lo antes posible, antes de lo que pensábamos.
—No importa, cariño, siempre deseé navegar hasta las Bahamas.
Me desplomo contra el suelo, voy a desmayarme de nuevo, pero ahora todo está bien, María se ocupará de ello. Afuera, el sol macera el mármol de la terraza, la brisa agita las palmeras y los niños juegan alegres en la piscina.

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